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Enrique Urbizu

Enrique Urbizu (Bilbao, 1962) estudió Publicidad en la Universidad del País Vasco, aunque su vocación siempre fue el cine. Desde su juventud no paró de rodar cortometrajes en Super 8. Hasta que con 25 años estrenó su primer largometraje: Tu novia está loca (1988). Con Todo por la pasta (1991) su nombre empezó a sonar con fuerza en el panorama español. Ya afincado en Madrid dirigió Cómo ser infeliz y disfrutarlo (1994), Cuernos de mujer (1995) y Cachito (1996). Después de un largo paréntesis volvió al thriller con la exitosa La caja 507 (2002), tras la que realiza La vida mancha (2003). El reconocimiento masivo llega con No habrá paz para los malvados (2011), ganadora de seis premios Goya. Esperamos con expectación su nuevo proyecto, el cual ya está en marcha.

Álex de la Iglesia me habló de cuando coincidíais en el Cine Club, y también de las clases de Zunzunegui y Urquijo. Quería saber cómo recuerdas tu juventud en Bilbao, y hasta qué punto influyó la ciudad en tus inquietudes. El paisaje urbano de Bilbao era fascinante. Lo llevamos grabado a sangre y fuego. La ría, los altos hornos…era una ciudad en declive. Gris e invernal. Puro cine negro. Luego, cuando tenemos veinte años, llegan las grandes transformaciones. Había mucha confrontación social, una actividad etarra brutal, la batalla de los astilleros de Euskalduna, la desindustrialización en marcha, mucho paro… Aquello era un hervidero. Y claro, había mucha creatividad. Estábamos todos haciendo cosas constantemente. Y sí, son años de grandes tertulias cinematográficas. Y en alguna ocasión subieron a las clases de Zunzunegui, que eran un lujo. Fue una de las pocas asignaturas cercanas al audiovisual dentro de la carrera.

A pesar de toda esa creatividad, casi todos emigráis pronto a Madrid. ¿Por qué crees que ocurre esto? ¿Por qué no se asienta en Euskadi algo parecido a una industria? Para empezar, creo que a los cineastas nos sienta bien viajar. Además, por aquel entonces, el gobierno vasco mantenía una política muy basada en intereses identitarios. Se ayudó al audiovisual, pero el nuestro era un cine hecho en castellano, con temáticas y necesidades de producción un poco más allá. Y la industria más potente está en Madrid, que es un lugar muy interesante para un cineasta.

¿Qué relación mantienes con el Bilbao actual? Muy buena, tengo toda la familia allí. Ahora, cuando voy a Bilbao, soy un poco de fuera. Al ir tres o cuatro veces al año, los cambios son muy patentes. Y si antes valía para cine negro, ahora probablemente valga para un musical de Jacques Demy o una historia romántica de Ethan Hawke. Están muy orgullosos, la cuidan mucho y está muy limpia. Tenían un alcalde fenomenal, visto desde fuera y a juzgar por cómo hablan de él sus ciudadanos. Luego, para mí, los recorridos son recurrentes. En cuanto doy un paseo, acabo revisitando los mismos sitios.

¿Te gustaría volver a rodar por allí? Por supuesto, cuando tenga alguna historia. De momento no tengo ninguna, por desgracia. Todos los que venimos de allí hemos retratado mucho la ciudad. Todos mis Super 8 pasaban donde están ahora las Torres de Isozaki, las vías del tren, y nos íbamos por ahí a callejones… Bilbao siempre me ha parecido un pedazo de ciudad. Tiene río, tiene puentes, tiene viejo, tiene nuevo, tiene colinas…

¿Cómo ves a las nuevas generaciones de cineastas vascos? Bastante bien. Me llevo muy bien con Cobeaga y con Koldo (Serra). Y con Unax Mendía, el director de fotografía de Koldo. Y con Vigalondo, que es medio vasco. También suelo ir los veranos a un curso en la UPV que lleva Patxi Urquijo. Es una semana muy intensa, y ahí sí estás en contacto con chavales que están haciendo sus cortos y arrancando. Y sí, pinta bien la huerta.

Y en cuanto al movimiento cultural, ¿crees que es como el que había en tu época o también eso ha cambiado? No tengo ni idea, porque eso lo tienes que vivir allí. Exposiciones, charlas, encuentros, tertulias, festivales… si no estás en contacto, lo pierdes. En comparación con el que hubo, es normal que cambie. Eran tiempos muy convulsos y violentos. Y al mismo tiempo esperanzados. Ahora no veo que haya esa necesidad de efervescencia. Quizás estamos más cómodos. Pero te diría que no solo le pasa a Bilbao, sucede en todos lados.

Tu primer largometraje fue la comedia Tu novia está loca, aunque el éxito llegó con Todo por la pasta, un thriller bastante insólito para aquella época. Posteriormente, tus mayores éxitos han sido dentro de ese género (La caja 507 o No habrá paz para los malvados) ¿Coincides con crítica y público en que se te da mejor el thriller que otros géneros? Bueno, no sé si piensan eso. A mí siempre me ha gustado mucho el thriller, la parquedad y la síntesis que exige. Es un interés tanto por las temáticas como por la forma. A la comedia le tengo mucho respeto, me parece muy difícil. Ahora, no me veo a mí mismo como un señor que hace solo thrillers, que no me importaría. Pero me gusta mucho La vida mancha, que quizás sea la película más difícil que he hecho.

En La caja 507 empieza tu fructífera relación con José Coronado. Ya has explicado que os entendéis muy bien, y que te gusta mucho su trabajo corporal. Desde fuera se te ve como un hombre de pocas palabras, ¿esto hace que le des más importancia al trabajo corporal que al verbal en tu cine? Hemos hecho personajes muy silenciosos. Todos tienen razones para ser poco comunicativos. Esa es la materia prima con la que hemos trabajado ambos, y eso lo comparto muy bien con José Coronado. Luego, además, hay actores muy físicos. Muchas veces te encuentras que el director se ha dedicado a contemplarles.

¿Qué te parece el debate que existe sobre el cine low cost? Es un recurso al que cada vez acude más gente debido a la situación de la industria, pero algunos lo ven como algo peligroso. Siempre ha existido, y debería existir aunque la industria tuviera una potencia que ahora no tiene. Es natural que, con la crisis, la gente busque hacer su película como sea. Además, me parece fantástico. Ahora, cargar a esta gente con la responsabilidad de que están solucionando el futuro del cine español sería muy ingenuo. La solución pasa por un apoyo decidido, por una ley con desgravaciones que favorezca la inversión privada, por un convencimiento político pleno de que el audiovisual –y la cultura en general– es uno de los mayores valores de este país. Pero es muy difícil hacerlo entender a partidos de uno y otro lado. Y es terrible, tiene que ver con la educación, y es muy estructural todo.

¿Nos podrías adelantar algo de lo nuevo en lo que estás trabajando? Estamos con el guión de lo que probablemente sea el siguiente largometraje. Y también estamos acabando de escribir otra cosa diferente para televisión.

¿El siguiente largometraje también será un thriller? Hay delincuentes. Pero es más coral que las anteriores películas. Tiene un ritmo más ligero, es menos seca. ­

Texto: Manuel Barrero • Fotos: Festival de Cine de Donostia-San Sebastián

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