Texto: BAO • Pinturas: Alazne Mantxa
“La musa está en mi interior.” Pocas frases describen tan bien a esta creadora que dibuja el mundo con los ojos del corazón. Alazne la pronuncia con naturalidad, sin pretensiones, como quien simplemente explica una forma de entender la vida. Porque para ella la inspiración no llega de repente ni depende de momentos extraordinarios. Nace de aquello que la rodea, de los paisajes que contempla, de las danzas vascas que ha bailado desde niña y de la tranquilidad que encuentra frente a un lienzo.
Su exposición Natura da ederra (“La naturaleza es hermosa”), que puede visitarse en el Centro Cultural Ignacio Aldecoa de Vitoria-Gasteiz, es una invitación a recorrer ese universo personal donde el arte, la tradición y la naturaleza se encuentran. Cada cuadro es el resultado de un proceso pausado, casi meditativo, en el que la paciencia tiene tanto peso como el color. El lienzo baila al ritmo de la tierra con pinceladas de viento y tradición vasca.

La naturaleza ocupa un lugar privilegiado en su obra. Bosques, caseríos, árboles y paisajes forman parte de un imaginario que ha ido construyendo durante años. Le gusta viajar, detenerse en los lugares que le transmiten algo especial y convertir esas sensaciones en pintura. “Cuando voy al aire libre dibujo lo que siento y luego lo plasmo en los cuadros”, explica.
“Mi estado de ánimo influye mucho; los colores vivos me atraen porque tienen más detalle”.
Junto a esos paisajes aparecen con frecuencia las danzas tradicionales vascas. No es una elección casual. Desde muy pequeña ha sentido un profundo vínculo con ellas y forman parte de su propia identidad. En sus lienzos, el movimiento de los dantzaris convive con la serenidad de los paisajes rurales, creando escenas que hablan de raíces, memoria y pertenencia.
Su objetivo es sencillo, aunque profundamente humano. “Intento transmitir que le guste mucho a la gente ver mi obra y que se anime a pintar”, comenta. No busca impresionar con grandes discursos ni convertir sus obras en piezas inaccesibles. Quiere despertar emociones dibujando el alma de las cosas que siente.

“Pinto lo que siento cuando estoy en la naturaleza; si mis cuadros consiguen emocionar a alguien, ya han cumplido su propósito”.
El valor de la paciencia
Cada una de sus pinturas es fruto de muchas horas de trabajo. El tiempo nunca supone un problema cuando se trata de cuidar cada detalle.
Su método de trabajo refleja esa manera de entender la pintura. Parte de una fotografía, la estudia detenidamente, cuadricula tanto la imagen como el lienzo y comienza a construir la composición con precisión. Después llega el momento de mezclar colores, buscar exactamente el tono adecuado y avanzar poco a poco hasta completar la obra.
El óleo es su técnica favorita. Le permite rectificar, corregir pequeños errores y trabajar sin prisas. Esa posibilidad de volver sobre cada pincelada encaja perfectamente con su carácter metódico.
No es extraño que quienes observan sus cuadros destaquen el realismo que consigue. Sus composiciones parecen, en ocasiones, fotografías trasladadas al lienzo. Para lograrlo utiliza distintos pinceles según la función de cada uno: unos para los fondos, otros para los detalles más delicados y otros para difuminar. A esa técnica suma los conocimientos adquiridos durante su formación artística, donde aprendió la importancia de la proporción, la composición y el dibujo preciso.
Pintar también es encontrar calma
Más allá del resultado final, la pintura representa para Alazne un espacio de serenidad. Disfruta especialmente durante el proceso creativo, mientras cada cuadro va tomando forma poco a poco. De hecho, reconoce que ese camino le proporciona incluso más satisfacción que contemplar la obra terminada.

La música suele acompañarla mientras trabaja, aunque no la clásica. También influye su estado de ánimo, especialmente a la hora de elegir los colores. Los verdes y los marrones ocupan un lugar destacado en su paleta porque le recuerdan a la naturaleza, a los paisajes rurales y a los caserios que tanto le inspiran.
Entre todas sus obras guarda un cariño especial a la dedicada al parque de los Marqueses de Urquijo, un cuadro que considera el más significativo de cuantos ha realizado hasta ahora.
Actualmente suma diecinueve pinturas. Comenzó a pintar a los dieciséis años y, más de dos décadas después, continúa afrontando cada nuevo lienzo con la misma ilusión. El último en el que trabaja, protagonizado por un gato rodeado de flores, lleva ya un año de dedicación debido a la enorme cantidad de detalles que contiene.

El arte como espacio de inclusión
Alazne trabaja en el taller Lantze de Laudio, en el área industrial de Indesa, que promueve la inclusión laboral y social de personas con discapacidad en el territorio.
La exposición, Natura da ederra (“La naturaleza es hermosa”), también tiene una dimensión social gracias a la colaboración con Indesa. Alazne reconoce que ese apoyo ha sido decisivo para poder hacer realidad un proyecto que llevaba tiempo deseando mostrar al público. “La he titulado así porque me gusta mucho la naturaleza y cuando voy por Llodio o por otros sitios que me gusta viajar suelo pintar paisajes, caseríos…”, nos comenta Alazne Mantxa.
La artista afirma: “Me han ayudado mucho porque aquí no me daban respuestas para hacer la exposición que quería. Creo que el arte tiene la capacidad de generar inclusión para las personas con discapacidad, porque la gente tiene que disfrutar con lo que tiene y con lo que puede expresar en sus cuadros”.

Pero, más allá de la organización de la muestra, su visión del arte tiene un componente profundamente integrador. Está convencida de que la pintura ofrece a cualquier persona la oportunidad de expresar lo que siente y de compartir su mirada con los demás.
No habla de límites. Habla de posibilidades.
Por eso, uno de los momentos que más disfruta llega cuando los visitantes recorren la exposición. Observa sus reacciones, escucha sus comentarios y descubre cómo cada cuadro encuentra una interpretación diferente en quien lo contempla. Esa respuesta del público es, para ella, una de las mayores recompensas.

Un recuerdo bonito
Aunque muchas personas podrían pensar en comprar sus obras, ese no es el centro de sus preocupaciones. Lo verdaderamente importante es que quien visite la exposición salga con una sensación agradable. “Me gustaría que la gente se llevara un recuerdo muy bonito”, resume. Increíble pero su obra no está a la venta.
Su admiración por artistas como Van Gogh, Matisse y, algunas veces Picasso, convive con una personalidad cercana y espontánea. También deja espacio para otras pasiones, como el Athletic Club. No descarta que algún día sus cuadros puedan exhibirse en San Mamés o en Lezama, una idea que menciona entre sonrisas.
“Me gustaría que quien contemple mis cuadros se lleve un recuerdo bonito y descubra la belleza de la naturaleza”.
La vena artística tampoco termina en ella. Cuenta que tanto su madre como una de sus tías pintaban y que incluso su sobrino ya empieza a interesarse por los pinceles y las ceras. Quizá sea el inicio de una nueva generación de artistas en la familia.

Su pintura ayudará a preservar el patrimonio y la cultura popular vasca. “Actualmente tengo 19 cuadros. Empecé a los 16 años y ahora tengo 40. Lo que más me gusta es el óleo porque puedes corregir algún fallo y con la acuarela no”.
“Actualmente estoy pintando el cuadro del gato. Lo empecé hace un año, es difícil de finalizar porque tiene mucho detalle tanto en las flores como en el gato”.
Mientras tanto, Alazne seguirá haciendo lo que mejor sabe hacer: detener el tiempo frente a un lienzo, observar con calma aquello que la emociona y transformarlo en pintura.
Porque, al fin y al cabo, la inspiración —como ella misma dice— siempre ha estado en su interior.





















