Aya (recostada), Gemmayze, Beirut, Líbano, 2022.

Rania Matar. Belleza en un Líbano herido

Texto: David Tijero • Fotos: Rania Matar

La obra de Rania Matar explora la identidad, la memoria y la pertenencia desde una mirada íntima y comprometida. Nacida en el Líbano y residente en Estados Unidos, su fotografía tiende puentes entre lo personal y lo colectivo, especialmente a través de la experiencia de las mujeres. Hablamos con ella sobre su trayectoria y último libro Where Do I Go?, un proyecto profundamente ligado a la realidad del Líbano.

Creciste en el Líbano antes de trasladarte a Estados Unidos en 1984. ¿Qué recuerdos visuales de tu infancia sientes que siguen influyendo en tu manera de ver y fotografiar el mundo?
Crecí durante la guerra civil libanesa y me fui en 1984 para estudiar en Estados Unidos, pensando que vendría solo por un par de años. Más de 40 años después, aún sigo viviendo aquí. Parecía que siempre estaba pasando algo en el Líbano y, mientras escribo esto, en marzo de 2026, Líbano está siendo bombardeado por Israel… otra vez.

Sigo muy conectada con el Líbano. Ha moldeado quién soy y forma parte profunda de mí. Crecer en una guerra te marca de por vida. Todo es más intenso: la alegría, la resiliencia, el terror, el amor, las amistades, la apreciación por la vida y por la belleza, todas las emociones se intensifican. Ahora que vivo en Occidente, siento aún más la necesidad de contar nuestras historias desde el Líbano y Palestina, y de dar testimonio de nuestras tierras y nuestras historias.

También quiero mencionar la belleza del país, la calidez y la amabilidad de la gente. Todos estos recuerdos, visuales y emocionales, buenos y malos, influyen en la manera en que veo y fotografío el mundo.

Empezaste fotografiando a tus hijos. ¿Cuándo ese gesto personal se convirtió en una vocación artística más profunda?
Me formé como arquitecta. Había dado clases de arte en la universidad, pero empecé a interesarme por la fotografía cuando estaba embarazada de mi cuarto hijo. Quería hacer mejores fotos de mis hijos y comencé a asistir a talleres de fotografía. Me enamoré inmediatamente del medio y del oficio. Me encantaba cómo empezaba a ver el mundo, pero también disfrutaba trabajando en el cuarto oscuro y presenciando la magia de ver cómo esos momentos fugaces que había capturado cobraban vida de forma permanente en el papel.

Después del 11 de septiembre de 2001, cuando en Estados Unidos el discurso mediático se centró en un “nosotros contra ellos”, me di cuenta de que, como árabe-estadounidense, yo era “ellos y nosotros”, y empecé a querer contar una historia diferente sobre Oriente Medio. De forma gradual, orgánica e intuitiva, me estaba convirtiendo en fotógrafa.

Fotografiar a mis hijos me enseñó a ver la belleza en los momentos simples de la vida cotidiana y en lo aparentemente banal, pero también la importancia de la intimidad en la fotografía. Son lecciones que me han acompañado hasta hoy.

¿Te sientes más influida por la nostalgia de tu país de origen o por la experiencia de adaptarte a una nueva vida en otro país?
No estoy segura de llamarlo nostalgia. Siento que he llegado a aceptar mi identidad “con guion” y he aprendido a verla más como un regalo que como un impedimento. Fue un proceso, pero siempre he sentido que pertenezco a los dos lugares que llamo hogar: el Líbano y Estados Unidos; aunque ahora sea un poco más difícil.

Como dijo Etel Adnan: “Soy a la vez estadounidense y árabe, y estas identidades a veces entran en conflicto, no todos los días, ni siquiera a menudo, pero de vez en cuando me convierto en una montaña que un terremoto aterrador ha partido en dos”.

Siento que estamos viviendo uno de esos momentos ahora mismo. Aun así, creo que este tiempo también encierra una posibilidad, una invitación a recurrir a nuestra creatividad, afirmar nuestra humanidad compartida y servir como mensajeros entre los dos mundos que nos forman. No podemos dejar de dar testimonio de nuestras historias y nuestras memorias.

Tras los atentados del 11-S, sentiste la necesidad de contar otra narrativa sobre Oriente Medio. ¿Cómo transformó eso tu trayectoria artística?
Como ya mencioné antes, sentí que estaba en una posición desde la que podía navegar mis dos identidades y servir de puente en mi trabajo. Parece que cada vez que ocurre algo dramático, recurro a la fotografía para afrontar esos eventos o el dolor: el 11 de septiembre, la guerra de 2006 entre Hezbolá e Israel, la COVID-19, las explosiones en el puerto de Beirut en 2020, la muerte de mi padre y los acontecimientos en Gaza que me reconectaron con mi identidad palestina.

¿En qué medida tu trabajo puede entenderse como una respuesta a los estereotipos occidentales sobre el mundo árabe?
Mi trabajo nace en parte de eso. Otro elemento esencial es la representación femenina en el arte, especialmente la de las mujeres de Oriente Medio. Los artistas que trabajan en o sobre esta región deben combatir constantemente las “visiones orientalistas” arraigadas en el inconsciente colectivo occidental. Los temas predominantes relacionados con el conflicto, la guerra o las mujeres cubiertas con velo siguen reforzando estereotipos.

Mi trabajo, en cambio, ofrece una mirada contemporánea a mujeres que viven en situaciones cotidianas y busca construir conexiones visuales y representativas entre la forma en que se retrata a las mujeres en Estados Unidos y en Oriente Medio, permitiendo que se reconozcan entre sí a través de experiencias vitales compartidas.

Tu práctica se basa en la colaboración con las personas que retratas y los espacios que habitan. ¿Cómo construyes esa confianza y cómo eliges los escenarios?
Empiezo desde el principio del proceso. Mi objetivo es colaborar con cualquier mujer que quiera trabajar conmigo. Antes de viajar al Líbano, suelo hacer una convocatoria en Instagram, describiendo mi proyecto e invitando a participar. La respuesta es abrumadora.

Primero hablamos por teléfono para planificar. Intento partir de su historia personal y su relación con el Líbano. A menudo, planificamos la sesión en torno a eso, aunque a veces nos movemos hacia la memoria colectiva. Nunca pido una foto previa ni nada parecido. Para mí, cualquier mujer dispuesta a exponerse y colaborar ya es interesante.

Solemos empezar en lugares donde se sientan cómodas y con ropa elegida por ellas. Al principio ambas estamos algo tensas, pero, poco a poco, surge una comprensión mutua. Intercambiamos ideas y me aseguro de que se sientan libres de proponer. También aprendí a respetar sus límites. Se crean un respeto y una confianza mutuos. Intento que la experiencia sea divertida, experimental, segura y enriquecedora.

Tu proyecto Where Do I Go? reflexiona sobre la historia reciente y el presente frágil del Líbano. A la luz de la situación actual, ¿sientes que la obra de algún modo anticipaba este momento? ¿Qué te llevó a documentarlo?
Estoy absolutamente destrozada. Tenía que estar allí ahora mismo, pero cancelaron mi vuelo y estoy presenciando el horror desde lejos. El título de mi trabajo es Where Do I Go? y parece que es la misma pregunta que nos hacemos desde hace más de 50 años. La historia se repite, así que sí. Tristemente, mi trabajo vuelve a ser actual.

El proyecto empezó tras las explosiones en el puerto de Beirut en 2020. Pensé que documentaba la relación de las mujeres con el Líbano después de aquello, pero se convirtió en un proyecto a largo plazo porque la situación seguía deteriorándose: colapso económico, pandemia, otra guerra en 2024… y el 50.º aniversario de la guerra civil en 2025.

Una imagen lo definió todo. En el muro derrumbado de un edificio abandonado, leí un grafiti en árabe: لوين روح (¿A dónde voy?). Una joven llamada Perla se apoyó en ese muro. Ese instante dio título al proyecto.

Muchas de tus imágenes parecen cartas de amor a las mujeres del Líbano. ¿Es la fotografía una forma de resistencia, de reconciliación personal o ambas?
Veo a estas mujeres como bellas y poderosas, y quería que eso se reflejara. En Occidente a menudo se las representa como víctimas. Quería romper ese estereotipo. Si he podido ofrecerles un canal para expresarse, me siento profundamente agradecida. Sí, considero esta serie como cartas de amor a las mujeres del Líbano. Me veo en cada una de ellas. Muchas están en el mismo punto en el que yo estuve a los veinte años: decidir si quedarse o irse. Irse implica separarse de todo; quedarse, resistir con esperanza. Incluso si se van, nunca se van del todo.

Lo que más me ha sorprendido es su creatividad, su inteligencia y su apertura. Me inspiran profundamente. Verlas ayudar, organizarse, cuidar de otros… me da esperanza para el futuro del Líbano.

A ellas les diría: “no os rindáis”. Seguid siendo fuertes, sensibles, idealistas y creativas. El mundo necesita lo que lleváis dentro.

www.raniamatar.com • IG: @raniamatar

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