Ébano y marfil: una pareja de jaguares amazónicos, uno de ellos melanístico. Los animales no hacen distinciones de color.
Texto: Cristina Lamadrid • Fotos: Pedro Jarque Krebs
La fotografía de animales suele oscilar entre dos extremos: el documento y el espectáculo. O bien informa, o bien deslumbra. El trabajo de Pedro Jarque Krebs se sitúa en otro lugar, más incómodo y más raro: el del encuentro. No se trata de capturar una especie ni de exhibir una proeza técnica, sino de detenerse ante un ser vivo y aceptar que, durante un instante, algo ocurre entre ambos.
Aunque su trayectoria como fotógrafo es hoy ampliamente reconocida a nivel internacional, con más de 250 premios, exposiciones en Europa, Estados Unidos, Asia y Oriente Medio, y publicaciones en algunos de los principales medios especializados, su camino hacia la imagen no fue inmediato. Antes de dedicarse plenamente a la fotografía, Pedro Jarque se formó en filosofía, en la Sorbona de París. Esa formación no aparece en su obra como un discurso explícito, pero sí como una estructura silenciosa; una atención constante a la cuestión de la conciencia, de la alteridad y de la relación entre quien mira y quien es mirado.
Desde sus primeras series, su interés no ha sido el animal en acción, sino el animal presente. No el gesto espectacular, sino la pausa. No el dramatismo impuesto por la narrativa humana, sino una forma de quietud que obliga al espectador a replantearse su posición. En muchas de sus imágenes, los animales parecen sostener la mirada. No como un efecto estético, sino como una afirmación: están ahí.
Este enfoque explica también su elección de trabajar a menudo en parques naturales, reservas o instituciones que cumplen criterios éticos estrictos, con animales en cautividad o semilibertad. No se trata de una renuncia a lo salvaje, sino de una condición necesaria para la cercanía. Jarque no fotografía desde la distancia épica, sino desde una proximidad que exige tiempo, respeto y paciencia. La cámara no irrumpe: espera.
Técnicamente, su trabajo se caracteriza por una depuración extrema. Fondos neutros o casi inexistentes, luz controlada, composiciones limpias. Todo lo superfluo desaparece para que el rostro, el individuo, permanezca. Esta austeridad formal no busca estilizar al animal, sino evitar que el contexto distraiga de lo esencial: la presencia de un otro irreductible a símbolo o metáfora.
Ese planteamiento alcanza su expresión más clara en WildLOVE, su segundo libro, publicado por la editorial teNeues. Más que un compendio de imágenes, el libro funciona como una declaración silenciosa. Cada fotografía va acompañada por un texto breve, donde se entrelazan datos de la especie con una reflexión accesible, casi íntima, sobre el vínculo, el cuidado, la vulnerabilidad o la maternidad. No hay voluntad didáctica ni moralizante. El lector no recibe una lección, sino una invitación a mirar de otro modo.
En WildLOVE, el amor no aparece como sentimentalismo, sino como hecho observable: en la forma en que una madre protege, en la atención entre individuos, en la calma compartida. El mensaje es claro sin ser estridente: los animales no son mecanismos instintivos, sino seres con una vida relacional compleja, con experiencias que no podemos reducir sin empobrecerlas.
A lo largo de los años, esta coherencia le ha valido un reconocimiento constante en concursos internacionales, como los Sony World Photography Awards, los Siena Awards o los IPA, así como exposiciones individuales y colectivas en contextos muy diversos, desde embajadas hasta grandes festivales de imagen. Sin embargo, su trabajo mantiene una cualidad poco frecuente: no parece responder a tendencias ni a estrategias de visibilidad. Cada imagen parece obedecer a la misma pregunta inicial, repetida una y otra vez: ¿qué ocurre cuando dejamos de mirar al animal como objeto y aceptamos su mirada?
Quizás por eso sus fotografías resultan tan inquietantes como serenas. No buscan convencer, sino permanecer. Y en ese permanecer, algo se desplaza también en quien las contempla. No se sale de ellas con más información, sino con una duda más profunda y más fértil, sobre nuestra relación con el mundo vivo.
En tiempos de saturación visual, donde la imagen lucha por captar atención a cualquier precio, el trabajo de Pedro Jarque Krebs propone lo contrario: bajar el volumen, suspender el gesto y mirar con la calma suficiente como para que el encuentro sea posible.
www.pedrojarque.com • IG: @pjarquek
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