Cine

Arantxa Echevarría. “Desde los ocho años, quería ser directora de cine”

Texto: Jesús Casañas • Fotos: Mikel Blasco

La cineasta bilbaína Arantxa Echevarría da mucho que hablar cada vez que estrena un largometraje. Desde que debutó en 2018 con Carmen y Lola, la historia de dos gitanas lesbianas que le valió el Goya a mejor directora novel (entre otros reconocimientos), se vio que lo suyo era remover conciencias, abordar temas tabú y hacer de altavoz para la gente sin voz.

Así lo hizo también con Chinas (2023), un retrato de la migración china en España, que le valió la Medalla de la solidaridad del Círculo de Escritores Cinematográficos. En Políticamente incorrectos (2024), dirigió una sátira de la política española escrita por Olatz Arroyo. Con La infiltrada (2025), contó la historia real de una policía infiltrada en la banda terrorista ETA, que se llevó el Goya a mejor película y mejor actriz (Carolina Yuste).

Ahora regresa con Cada día nace un listo (en cines a partir del 5 de junio), donde cambia de registro para inmiscuirse en una comedia negra con toques de thriller y acción. Rodada en la ciudad de San Sebastián, narra las desventuras de Toni Lomas (Hugo Silva) —otrora famosete de la tele—, que sobrevive entre bolos en cruceros y chanchullos de poca monta. Todo se empieza a ir de las manos cuando recibe el encargo de robar un cuadro en la casa de una familia pudiente, para lo que tendrá que contar con la ayuda de la Mari y el Gallego. La directora más taquillera del cine español contesta a nuestras preguntas al otro lado del teléfono.

Estudiaste Ciencias de la imagen en la Universidad Complutense de Madrid, donde te especializaste en realización audiovisual, y después te fuiste al Sydney Community College de Australia. ¿En qué momento de tu vida decidiste que te ibas a dedicar al cine?
Desde los ocho años, quería ser directora de cine. Una verdadera locura, porque en mi casa no había nadie que tuviera ninguna relación con el cine. Lo que pasa es que tenía un hermano mayor supercinéfilo que me llevaba a las sesiones dobles de cine clásico. Mi padre también era otro gran cinéfilo, todos los domingos nos ponía Cabaret en el VHS y películas de ese tipo. Desde que tengo uso de razón, quería ser directora, pero mi aita decía: “Sí, sí. Claro, claro. Tú estudia inglés. Vas a ser una buena secretaria”. Sin embargo, yo me empeñé y así salió. Aquí estamos.

Carmen y Lola, tu primer largometraje, llega en 2018. Te convirtió en la primera directora de cine español seleccionada en la Quincena de Realizadores del Festival de Cannes, tuvo ocho nominaciones a los Goyas, te dieron el de mejor directora novel… ¿Te esperabas aquel éxito?
No, para nada, al revés. Yo ya tenía 50 años, llevaba trabajando desde los 18 en cine. Ningún productor me había dado ninguna oportunidad. Había luchado por ello como una loca. El guion había ganado el premio Julio Alejandro de la SGAE, por lo que sabía que tenía un buen guion, pero iba a las productoras, me daban palmaditas en la espalda y decían: “Mira, bonita, no has hecho nada nunca, vete a tu casa. ¿Qué quieres hacer? ¿Quieres contar una historia de gitanos con actores naturales, con gitanos de verdad? Esto te viene grande, déjate”. Tuvimos que producirlo mi socia, Pilar Sánchez Díaz, y yo. Pusimos nuestra casa e hipotecamos lo que teníamos para sacar adelante la película. Tuvimos la gran suerte de que nos seleccionaron en Cannes porque, si no, habría sido la típica película que no ve nadie, nos habríamos arruinado y ya está, como: “Bueno, pues nada, me voy a dedicar otra vez a ser camarera”. No obstante, de pronto, tuvo eco, mucha visibilidad y gustó a la gente. O sea, una peli que está ocho meses en cartel es algo muy raro. Me vino Dios a ver, porque o te va muy bien con tu primera peli o pasas desapercibida, aunque sea buena. Nos la jugamos y salió bien el órdago.

Esa suerte siguió luego. Chinas (2023) se estrenó en el Festival de Cine de San Sebastián, tuvo cuatro nominaciones a los Goya, se llevó el Premio del Público de Días de Cine, una medalla del CEC… ¿Qué suponen para ti estos reconocimientos?
Me vienen fenomenal. Nunca voy a negar que me gustan porque sería una falsa y una hipócrita. Sobre todo, me vienen bien a la hora de levantar la siguiente película. Siempre estoy pensando en el futuro porque, en el mundo del cine, siempre estás luchando por hacer la siguiente película, a pesar de la notoriedad o de la fama que puedas tener.

El año pasado, La infiltrada también dio bastante que hablar. ¿Tienes la sensación de que la vas a liar cada vez que sacas algo?
Pues un poco, sinceramente. A mí me interesa contar lo que está en los márgenes, lo que no es previsible. Ya se había hablado de ETA, pero se había hablado desde el punto de vista de los propios terroristas, desde muchos sitios, pero nunca de una policía infiltrada. Para mí, moralmente, una infiltrada es algo… Uf. Es un tema peliagudo que me hace cuestionarme mucho sobre el posicionamiento de la peli. ¿Te pones a favor de las fuerzas de seguridad del Estado? ¿Te pones a favor del grupo terrorista? Pero hubo una cosa que me abrió los ojos y es que, a partir de la democracia, creo que nadie tiene derecho a usar un arma. Hay muchas herramientas para luchar por lo que tú deseas y no tener que utilizar la fuerza. Tuvimos mucho contacto con las víctimas, sobre todo con el fin de pedirles permiso para representar los atentados. Por ejemplo, la familia de Gregorio Ordóñez. Primero les pedimos permiso para escribir sobre ello y luego, cuando terminamos la película, hicimos que la vieran por si querían quitarlo directamente. Cuando terminó la proyección, yo estaba muerta de miedo por si nos decían: “Fuera esto”. Es tan dura y tan cruda… O sea, es un tiro en la cabeza lo que se ve. Sorprendentemente, estaban llorando cuando terminó la peli y lo que hicieron fue darnos las gracias, un abrazo y decir: “Esto es lo que hay que hacer, hay que volver a recordar a toda la gente que murió en este conflicto”. Y ya no solo de un bando, de todos. O sea, toda la sangre que se derramó en esta guerra sin sentido. Nos abrazaron y nos dijeron que para adelante. Entonces, yo me quedé ahí. Después de eso dije: “Yo voy a estar con las víctimas. Me da igual el resto”. Creo que las víctimas son las únicas que se merecen respeto absoluto por todos lados.

Y con un tiro en la cabeza empieza también Cada día nace un listo, pero el rollo es bastante diferente. Esto ya es más comedia negra con un poquito de acción, de thriller… ¿Te apetecía cambiar de registro?
Sí, necesitaba hacerlo. Después de La infiltrada quería una comedia, pero estaba un poco harta de las típicas comedias españolas, de familia o blancas. Una comedia que empieza con un suicidio ya marca un poco el tono de lo que va a ser el resto de la película. Y hablar de “desgraciaos”, porque son todos unos “desgraciaos” y unos muertos de hambre, los ricos y los pobres.

No deja de tener también cierta crítica social, de los que tienen mucho y de los que no tienen nada.
Yo, si no hago algo, no me quedo tranquila. Que tenga lo que quiera contar por detrás. Estando en una sociedad como en la que vivimos, que pones la tele y ves que el político de turno nos ha robado mil millones de las arcas públicas y dices: “Bueno, acabará en la cárcel”, pero de pronto, el siguiente 3 de diciembre, ves que está de CEO de una multinacional. Hay algo en nuestro espíritu español —yo creo que es básicamente humano— y es que aquí el que no corre, vuela. Ver cómo hay algunos que son mucho más listos que tú y pensar: “Pues quizá debería espabilarme y hacer yo también algo”. Esa es la reflexión que nosotros hacemos.

Se ha rodado en San Sebastián, una de las ciudades más ricas de España. Vemos localizaciones muy reconocibles: la playa de la Concha, el estadio de Anoeta… ¿Ha dificultado mucho el rodaje grabar en sitios tan emblemáticos?
Pues, yo creía que iba a ser imposible. Cuando escribes en un papel en blanco “un helicóptero aterriza en Anoeta”, dices: “Bueno, acabará siendo un coche que llega por la avenida”. Pero no, no fue tan difícil. Nos han abierto los brazos en Donosti y la Real Sociedad se ha portado de lujo, porque tuvimos que cerrar el espacio aéreo de Donosti, quitar las spidercams para meter el helicóptero, cambiar el césped para el partido siguiente… Fue un lío de narices, pero, en cambio, fue todo como: “Ah, pues sí. Ah, pues claro. Ningún problema”. Algo muy vasco.

mikelbao

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