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Diego Garate

  • 30 Jun, 2017
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  • Diego Garate, museo arqueologico bilbao,

Diego Gárate, el arqueólogo, sonríe cuando le digo que no estoy segura de ser muy sapiens y que necesito saber con más detalle qué es la arqueología, para qué nos sirve…

Él es Doctor en Prehistoria, investigador de la Universidad de Toulouse y del Instituto Nacional de Investigaciones Prehistóricas de Cantabria, Técnico del Museo Arqueológico de Bilbao y muchas cosas más, así que entiende mi inquietud, y con la sencillez del que sabe todo sobre ese asunto, me cuenta:

“La arqueología es una manera de comprender y estructurar la vida. Todo, todo se puede visualizar desde el punto de vista de la arqueología; y como su fundamento principal es la estratigrafía, es decir, poner las cosas en orden cronológico, la arqueología puede ordenar todo, desde un edificio hasta el armario de tu casa.”

– Le miro atónita. Nunca hubiera concebido mi armario de ese modo. Entonces, vosotros ordenáis y analizáis para explicarnos después lo que ocurrió en el pasado. Claro. Un yacimiento no es otra cosa que una acumulación de actividades humanas que se van sedimentando y nos hablan de otros tiempos.

– ¡Es la definición exacta del armario de una mujer! ¡Jaja! Apasionante, ¿verdad? Los arqueólogos estudiamos las sociedades humanas pasadas que han dejado su huella material. Aunque esto es ciencia, es una profesión dura y muy vocacional y tiene que existir al principio un punto de romanticismo. Muchos hallazgos ocurren por simple casualidad, por una corazonada; porque es algo tan alejado de nosotros y responde a unos comportamientos tan diferentes y tan inalcanzables que no se pueden aplicar ni el cálculo matemático ni la certeza previa. La cueva de Atxurra es un ejemplo de esto. Es una cueva muy visitada, machacada e incluso grafiteada. No esperábamos encontrar nada y, sin embargo, allí encontramos todo un santuario, el sanctasanctórum de un arqueólogo. Si apuestas por esto es porque te apasiona y esta pasión incluye dejarte llevar también por la improvisación y por la intuición.

– ¿Qué pasó en la cueva de Atxurra? ¿Qué sentisteis ante tal descubrimiento? No hay arqueólogo que en algún momento, despierto o dormido, no haya soñado con encontrar una cueva decorada. Las de Atxurra son cuevas muy visitadas y ya en 1934 Barandiarán había hecho sus excavaciones; en realidad íbamos a certificar que allí no había arte. Nos había pasado antes en las cuevas de Askondo en Mañaria en 2012. En ese caso, tampoco nadie pensaba que encontraríamos nada. Más tarde, ¡incluso vimos vídeos en Youtube de gente que hablaba en la entrada de la cueva con las pinturas de los caballos a su espalda sin que nadie se hubiera dado cuenta! Desde 2011 sabíamos que en el País Vasco había un vacío; existían grandes concentraciones de cuevas decoradas en Cantabria y en Asturias y llegabas aquí, a Encartaciones, y todo era oscuridad, no teníamos nada. No tenía sentido, y la única explicación es que esas cuevas decoradas no se habían encontrado. Había que buscar… y buscamos. En Atxurra habíamos empezado a excavar en 2014. Un viernes por la tarde, cuando ya llevábamos dos semanas excavando en la entrada de la cueva, vino de visita Iñaki Intxaurbe «el espeleo». Le explicamos un poco el yacimiento, habíamos visto incluso grafitis hechos con aerosol, así que casi con desgana decidimos echar un vistazo dentro. Él se subió a una sala más alejada de la entrada. De repente, oí sus gritos: “¡Aquí hay algo!”. Vi una luz a lo lejos y tuve que buscar el camino hacia él. Estaba enfocando una pared donde se veía perfectamente el culo de un bisonte. Nos pusimos nerviosos. «Sí… no… ¿será?…” Había pequeñas formaciones de calcita fosilizadas por encima de la pintura y entonces, supimos que aquello era muy antiguo. Reconocimos tres bisontes grandes, en torno a metro y medio cada uno, y luego un caballo. Nos miramos: «Si en esta repisa hay esto…» miramos hacia delante y todo eran repisas. Nerviosos, cada uno por un lado fuimos subiendo sin cuerdas ni nada… ¡podíamos habernos matado! Íbamos dando gritos viendo bisontes, el panel de los caballos y todo lo demás. Encontramos incluso los materiales de sílex que utilizaron para grabar, zonas de combustión (posiblemente antorchas), que eran su luz para pintar y restos de carbones. ¡Todo llevaba allí catorce mil años! La fuerza expresiva de aquel descubrimiento supuso un impacto, un golpe incontrolable de adrenalina que nos sumió en un rato de silencio y detuvo nuestro reloj, nuestro tiempo. Habían pasado cinco horas, pero a nosotros nos habían parecido diez minutos. Decidimos parar. La razón debía ocupar el lugar de la emoción o nos volveríamos locos. A la salida, el resto del equipo de excavación nos esperaban aburridos, era viernes por la tarde. Cuando asomamos la cabeza por el pequeño hueco de salida, nos vieron las caras y entonces supieron que algo había pasado dentro. Llamamos al Servicio de Patrimonio de la Diputación. Había que cerrar la cueva para protegerla. Lo que hacemos en una excavación es destruir todo, eso sí, de una forma ordenada, para poder reconstruirlo de manera virtual y conocer las vidas de sociedades anteriores, su organización social y sus formas de comportamiento. En la época de Barandiarán, esto se hacía de manera muy somera porque la ciencia histórica estaba todavía en pañales. Con los medios de hoy en día, los estudios son muy precisos y por lo tanto, los descubrimientos y las respuestas mucho más exactas y emocionantes. Este arte es algo muy vistoso y muy importante, ¡estamos hablando de los primeros artistas! No os podéis imaginar lo que cuesta grabar en una piedra. El arte rupestre es misterioso, hay muchas cosas que no sabemos interpretar. Hoy en día, cualquier persona no podría hacer estos dibujos, se necesita mucha fuerza y mucha destreza. Picasso dijo: «A partir de Altamira, todo es decadencia».

– Ahora tienes un emocionante trabajo de investigación… Sin duda. Hemos tardado como un año en darnos cuenta de lo que hay en la cueva de Atxurra. Es gigantesca, tiene más de medio kilómetro de desarrollo y hay muchísimos paneles y repisas complicadas. Tenemos unos tres años más de investigación. La Arqueología tiene que tener un enfoque transdisciplinar, ya que el trabajo en común es imprescindible. Hay un cruce de información entre diferentes fuentes y diferentes disciplinas. Los grupos son de veinte o treinta personas: arqueólogos, espeleólogos, antropólogos, paleontólogos… Desde el 2001 hasta la actualidad, hemos descubierto quince cuevas nuevas, tantas como se conocían antes. Es una barbaridad, así que cada uno se dedica a una parte específica del estudio. Luego, dentro de un proyecto ha de haber un grupo que lidere, ordene y ponga la información en común. En el País Vasco somos muy afortunados, porque hay subvenciones y apoyo económico para la arqueología. En Bizkaia la Diputación es consciente de que estos descubrimientos se sienten como algo propio y que a la gente de la calle le interesa. Yo soy Técnico del Museo Arqueológico de Bilbao, pero trabajo en muchos proyectos e investigaciones en distintos países en los que invierto mi tiempo libre y mis vacaciones, a veces sin ayudas económicas.

– Cuéntame sobre tus otras aficiones… Diego sonríe de nuevo. La música, la lectura, el cine, (por cierto, te recomiendo un peliculón: La cueva de los sueños olvidados) y los viajes lejanos, que me apasionan. En la actualidad, todo esto es muy complicado para mí, no tengo tiempo aunque confieso que no concibo un viaje sin una cueva. Si eres arqueólogo, lo eres veinticuatro horas al día.

– ¿Conocer el pasado nos ayuda a comprender el presente?¡Claro! Hay que ir hacia atrás para entendernos a nosotros mismos. La arqueología abarca todo, no es solo pasado, es un método que utilizamos para conocernos. La sociedad debe conocer cómo ha llegado hasta aquí y qué puede hacer en el futuro. El CSI es arqueología. Se reconstruyen escenas de un crimen. En Álava por ejemplo, bajo una gran losa de arenisca encontraron una fosa común de la Edad de Bronce con gente a la que habían asesinado a flechazos. Los arqueólogos forenses como Paco Etxeberría, investigan las fosas comunes de la Guerra Civil y lo mismo ocurre con la Guerra de los Balcanes en la antigua Yugoslavia, por ejemplo.

– ¿Qué huellas está dejando nuestra civilización? ¿Nos estudiarán dentro de catorce mil años? ¡Uf!, no lo creo. Con este ritmo no creo que quede nada, no creo que lleguemos a doscientos. Existe ya la arqueología industrial que investiga residuos urbanos y de contaminación, estudios de ADN… Será un panorama de decadencia total, de esquilmación del planeta, de explotación de recursos hasta el agotamiento.

– No parecemos muy Sapiens, ¿no? ¡Jaja! Hace cuarenta mil años, los Sapiens se movieron de África a Europa y hubo un choque tremendo de civilizaciones, una especie de competición con los Neandertales que estaban aquí. Les invadimos y luchamos por los recursos. El arte entonces debió de jugar un papel importante demostrando la necesidad de diferenciarse, manteniendo la cohesión social en ese conflicto, transmitiendo la tremenda evolución de una especie que no solo trataba de imponerse a otra, sino que estaba conquistando todo un continente. Era la supervivencia en la Edad de Hielo. Casi todo es cíclico. Que cada uno saque sus conclusiones…

Texto: Gloria Esteban • Fotos: Hibai Agorria y Archivo de Diego Garate

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