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Armadillos de cristal

  • 7 Abr, 2017
  • BAO
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Con su singular forma elíptica, las bocas del Metro, conocidas como fosteritos, se han convertido, junto a infraestructuras de la talla del Guggenheim, en uno de los iconos de la transformación de Bilbao. En 1860, un profeta apocalíptico escocés, conocido como el Reverendo John Cumming, declaró: “El próximo fin del mundo será acelerado por la construcción de los ferrocarriles subterráneos accediendo al interior de las regiones infernales y perturbando al mismísimo Diablo”.

El fin del mundo todavía no ha llegado a Bilbao (el Athletic aún no ha bajado a 2ª) pero sí que perturbó al mismísimo Diablo, en forma de críticas, cuando se anunció la construcción de este suburbano… ¡Menuda bilbainada sin sentido! A día de hoy, el Metro se ha convertido en orgullo y referente, ya que está catalogado como uno de los suburbanos más accesibles, teniendo todas sus estaciones adaptadas. También presume de un gran número de horas de servicio nocturno y de una excelente limpieza. “Es considerado el metro más limpio de Europa” y se ha convertido en “uno de los mejores servicios de transporte ferroviario“.

¡Vade retro, Satanás!

Fue en noviembre de 1988 (la red inicial de Metro Bilbao fue inaugurada el 11 de noviembre de 1995) cuando comenzó la cuenta atrás para el proyecto de mayor envergadura de la historia del Botxo: el Metro. Una vez decidido el trazado inicial del suburbano, solo quedaba por encargar el diseño de las estaciones. No era una cuestión menor. El Departamento de Transportes del Gobierno Vasco había convocado un concurso de ideas para dar un aire uniforme a las ocho principales terminales subterráneas. El consejero del ramo compareció entonces junto al arquitecto ganador del certamen. Se trataba del arquitecto británico Norman Foster.

Ese día conocimos los primeros detalles de las marquesinas de acero y vidrio que servirían de entrada al metropolitano; las mismas que hoy adoptan el nombre de “fosteritos” en honor a su autor. Este gentleman del minimalismo y el high-tech creó una obra luminosa, que asoma a la superficie integrándose en el paisaje urbano bilbaíno, aportando a la ciudad mayor aire de modernidad. La idea era conseguir un diseño urbano, amplio y cómodo, una obra que se caracteriza por su originalidad y por la utilización moderada de los materiales.

En 1998, Foster recibió el premio «Veronica Rudge Green Prize» de la Universidad de Harvard, por el diseño urbano del Metro de Bilbao. Además, la estación de Sarriko recibió el «Premio Brunel» al diseño ferroviario. Esta estación es diferente a todas las demás. Carece de fosterito, en su lugar, una marquesina acristalada provee de luz natural a toda la estación.

Sir Norman Foster afirma que su diseño del Metro de Bilbao es una de sus obras más importantes: “Aunque se trata de infraestructura, puede considerarse en cierto modo más importante que los edificios individuales (…) Las infraestructuras sirven para la comunicación entre las gentes, son el espíritu de un lugar”. Un espíritu que vive en confraternización con todos los bilbaínos y bilbaínas, y que ya nadie pone en duda.

Cuando la ciudad duerme, se comenta que estos encantadores armadillos de cristal vuelven a sus guaridas bajo tierra a brindar con «Agua de Bilbao» con el mismísimo Diablo. Pero ésta es otra historia.

 

Texto e ilustraciones: Asier Sanz

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